Galindo Ferreira - Teresa Suau

Galindo Ferreira

Galindo Ferreira abría los ojos a las 6:55. De las 6:55 hasta las 6:59 observaba la superficie amarillenta del techo de su habitación. A las 6:59 extendía el brazo derecho hasta la mesita de noche para coger, con sus dedos índice y pulgar, el despertador rojo de doble campana y girar la manecilla de la alarma con los mismos dedos de la otra mano. Devolvía el reloj al lugar exacto para proseguir levantando las mantas y salir de la cama. La dejaba siempre hecha. Después ponía la cafetera italiana en la hornalla y llenaba el barreño del lavabo para el aseo. 

La tercera localización de su rutina matutina era el perchero. Deshacía los tres pliegues del pantalón colgado y le daba un estirón a la camisa antes de ponérsela; siempre empezando por el brazo derecho. 

Tomaba el café sentado en su silla mirando por la ventana. Lo servía en la taza blanca de ribete azul y le echaba una cucharada de azúcar que removía tres veces hacia la izquierda. Lo bebía en cinco sorbos y después limpiaba la taza en el fregadero con agua y jabón; la cafetera solo con agua. Los dejaba secando en la pileta.  

Descolgaba el abrigo y se ponía primero la manga derecha y luego la izquierda. Después abrochaba los cinco botones, dejando el primero y el segundo libres para introducir la bufanda por la pechera. Por último, cogía el maletín y salía por la puerta, dando tres vueltas de llave a la cerradura. 

Viajaba en el tranvía de las 7:39 que llegaba a destino las 7:57. Bajaba en la parada de Carmo que lo dejaba frente a su oficina. Entraba por la puerta de la oficina a las 7:58. Subía la escalera y a las 7:59 estaba sentado en su mesa de trabajo. Durante el minuto que le restaba para empezar la jornada laboral, aprovechaba para sacar la máquina de contabilidad del cajón inferior de su mesa y colocar los albaranes, facturas y bolígrafos para tenerlo todo listo a las 8:00. 

La mañana del 13 de marzo Galindo Ferreira siguió su ritual diario de salir de la cama, preparar el café y asearse. Un imprevisto de lo más absurdo empañó la mañana, ya que cuando fue a servirse el café se quemó. El fuego del fogón había sobrecalentado el mango de la cafetera, hecho que produjo que los dedos índice, pulgar y corazón de la mano derecha se vieran afectados. La quemadura fue leve pero suficiente para que soltara el artilugio por el impacto de la quemazón, dejando un rastro de manchas calientes en la ropa de trabajo y un charco en el suelo de la cocina. Todo ello sin siquiera haber podido probar el café, tan necesario en sus despertares. 

Puso los dedos índice, pulgar y corazón bajo el chorro de agua fría durante unos segundos y después se pasó unas gotas de aceite; su abuela decía que curaba las quemaduras. Se lavó la mano y dejó en remojo la ropa sucia en un barreño con detergente. El café, si no se limpiaba enseguida, no salía. Muy a disgusto, descolgó su segunda muda, la que cambiaba a mediados de semana; pero hoy no era a mediados de semana, era a principios. Se vistió con rapidez y salió a la calle. 

Ya que había perdido su tranvía, tendría que coger el de las 7:59, con lo cual no llegaría hasta a las 8:14 a la parada y hasta las 8:15 no estaría en la oficina. Esperó. El tranvía de las 7:59 no llegó a la hora. Iba con retraso. En este punto, Galindo Ferreira ya tenía claro que aquel no iba a ser un buen día, ni siquiera un día normal, ni siquiera regular; iba a ser un mal día. 

A las 8:06 llegó el tranvía de las 7:59. Al llegar más tarde de la hora, la gente se concentró en la parada y en el momento de subir, Galindo Ferreira no pudo colocarse en la esquina derecha del fondo del vagón como todos los días, sino que tuvo que quedarse en la parte exterior, expuesto a las inclemencias del tiempo. 

Poco después de que el tranvía hiciese su segunda parada, un hombre rollizo intentó hacerse un hueco entre la multitud. Para llevar a cabo su cometido golpeó el brazo derecho de Galindo Ferreira, con tan poca fortuna que el maletín que sujetaba con la presente mano se deslizó entre sus dedos cayendo al vacío de la rúa. 

Galindo Ferreira intentaba procesar lo que acababa de ocurrir mientras sus ojos seguían clavados en el maletín que descansaba sobre las brillantes baldosas de la calzada. Cada vez se divisaba más pequeño hasta que la lejanía lo engulló. El señor obeso se disculpó alegando la estrechez derivada de las multitudes acumuladas por los retrasos: «Ya se sabe, con tanta gente», mientras Galindo seguía observando la calzada.

Bajó en la siguiente parada. Puesto que no estaba acostumbrado a este tipo de situaciones, no supo muy bien qué hacer. Consideró que lo más apropiado seguramente debía ser volver al lugar del suceso lo antes posible para ver si su maletín seguía en el suelo, a salvo y entero o destrozado por los raíles de los tranvía; así que echó a correr. En menos de una calle ya estaba agotado, aminoró la marcha y prosiguió en un caminar rápido. Cuando llegó al punto exacto del fatídico accidente, no vio maletín alguno, lo cual le causó un profundo desasosiego. 

Miró por los lados de la calle con el objetivo de encontrarlo: quizás tirado en un rincón, quizás en manos de alguien que lo hubiera visto y lo mantuviera a resguardo, quizás roto y despedazado. Nada. Se había desvanecido. 

La vendedora de una amigable frutería con estantes en la calle conversaba con uno de sus clientes mientras le tendía una bolsa de provisiones. Se preguntó si habría visto algo, si no ella quizás alguno de los dependientes de los negocios aledaños. Después de todo, tal y como estaba el mundo, encontrar un maletín en el suelo podía ser una cómoda fuente de ingresos. 

Se acercó a la mujer. Era menuda y enérgica. Galindo Ferreira solo compraba en el almacén que había al lado de su casa. Allí no había ninguna mujer menuda y enérgica. De hecho, no había ninguna mujer. Tampoco la había en la farmacia ni en la tintorería. Y esos eran todos los negocios que regentaba, siempre por este orden: lunes, tintorería; miércoles, almacén y solo en caso de necesidad, viernes, farmacia. 

No supo cómo preguntarle sobre el maletín, así que acabó comprándose un kilo de plátanos que después no pudo pagar, ya que su monedero estaba en la cartera que estaba en el maletín que le había caído del tranvía. Lourdes, que así se llamaba la dependienta, le dedicó una dulce sonrisa que provocó que Galindo Ferreira se sonrojara. Dadas las circunstancias, ella le dijo que podía pasar a pagar los plátanos otro día. También le explicó que había visto al chico de la pollería cogiendo el maletín del suelo. 

Pasado el agradable encuentro con la frutera Lourdes, fue a preguntar a la pollería. Le comunicaron que el mozo había llevado la maleta a la policía como símbolo de buena voluntad. Así que se dirigió a la comisaría más cercana donde se presentó como Galindo Ferreira, el propietario del maletín que acababan de recibir del joven trabajador de la pollería. Los policías le comunicaron que ningún joven trabajador de la pollería se había presentado con un maletín perdido o extraviado y que, de hecho, nadie se había presentado con un maletín. 

Puesto que no podía hacer mucho más, decidió entrar a un local a pedir el café que todavía no había podido beberse. Se sentó en una mesa y justo cuando iba a tomar el primer sorbo vio a un mozo con un maletín debajo del brazo: ¡El suyo! Salió corriendo del local, con su kilo de plátanos y sin pagar el café. Cuando estuvo cerca del chico le gritó: «¡Eh, tú, el maletín, es mío!» El mozo arrancó a correr y Galindo Ferreira se enzarzó en una instintiva persecución que lo llevó a cruzar cinco calles y tres avenidas hasta que sin darse cuenta se vio inmerso en la parte baja de la ciudad con el corazón a punto de estallarle, los pulmones a reventar y los plátanos aplastados. 

Cansado y sudado, ahora además de unas infinitas ganas de tomar ese café, tenía sed. Entonces Galindo Ferreira, que no era una persona acostumbrada ni a pordiosear ni a interactuar, se encontró en frente de la estación de San Benito pidiendo una monedita a los transeúntes para comprar un billete, alegando su reciente robo e imposibilidad de volver a casa. Consiguió reunir una modesta cantidad, suficiente para su propósito, y entró en el bar de la estación. Era un espacio diáfano con mobiliario de madera tallada. Se acercó a la barra donde pidió un café junto a un vaso de agua del grifo y lo abonó con su recién adquirida limosna. 

Esperó en una mesa comiéndose uno de los plátanos hasta que le sirvieron el tan deseado café. Cogió una cucharada de azúcar del recipiente y la echó en su taza. Removió tres veces hacía la izquierda. Justo en ese momento, dos hombres con medias en la cabeza irrumpieron en la cafetería de la estación. A punta de pistola dijeron: «¡Todo el mundo al suelo! Dejen sus carteras y joyas sobre la mesa. Si alguien no lo hace, ¡le disparamos!». 

Galindo Ferreira, hastiado por no haber podido tomar su café y preocupado por no tener nada más que sus plátanos aplastados, pensó que el cúmulo de circunstancias que se estaban dando en aquel tumultuoso día auguraban que nada podía acabar bien, y ahí estaba la prueba fehaciente de ello: ¡Iba a morir! 

El ladrón más alto se dirigió hacía su mesa con pasos pesados y firmes mientras le apuntaba con el arma: «¿Dónde está tu dinero?». Galindo cerró los ojos con fuerza y se despidió de este mundo. Entonces se oyó un grito y un golpe seco. El atracador había resbalado con la envoltura del plátano, que había ido a parar al suelo por el golpe que Galindo Ferreira le había dado a la mesa en su intento por cubrirse. La pistola del ladrón derribado salió disparada y Ferreira corrió tras ella. Mientras, uno de los camareros aprovechó el despiste del segundo ladrón para abalanzarse sobre él y quitarle el arma. 

La escena dio tal giro que Galindo Ferreira y el camarero terminaron apuntando a los ladrones con sendas armas hasta que llegó la policía, que en un inicio los confundió con los atracadores por encontrarse a punta de pistola ante la multitud. Enderezó la situación una señora que se encontraba escondida detrás de una silla; con voz firme emitió un veredicto que zanjó el malentendido: «El camarero y el señor son los héroes, los ladrones son los otros».

Galindo Ferreira aprovechó la presencia policial para comentarles el tema del desaparecido maletín. La policía tomó nota de su bravura, del extravío de su maletín y de la eficacia de la envoltura del plátano. 

Después de semejante incidente sintió que había vuelto a nacer y que al fin y al cabo había salido ileso de la que podía haber sido su condena mortal. En este renacer, le entró hambre y se comió dos plátanos más.

Caída la tarde, vio a un hombre vestido de traje con un maletín que bien podría ser el suyo. Se acercó para preguntarle de dónde lo había sacado y el hombre le dijo que se lo había vendido un mozo, que trabajaba en una pollería, a un módico precio. Galindo Ferreira le explicó a aquel señor la enrevesada historia que había sido su día y porqué le pertenecía aquel maletín. El hombre no le creyó pero le dijo que si lo deseaba, podía apostarlo a las cartas. Le propuso ir a un club de juego. Galindo Ferreira estaba dispuesto a enfrentar a ese hombre para recuperar su maletín pero no tenía más que unos plátanos aplastados para ofrecer, y así se lo comunicó; a lo que el señor respondió: «Puede jugarse el abrigo, parece de mi talla». Pensó que si perdía el abrigo, tendría que cruzar la ciudad para volver a casa sin nada con que taparse, y aunque los días se tornaran más cálidos durante las horas de sol, las noches eran frescas. Aún así, aceptó. 

Entraron en un local oscuro y lúgubre del este de la ciudad. Les dieron una baraja y les ofrecieron una mesa con tapete verde. Pidió un café pero le dijeron que a esa hora ya solo servían bebidas alcohólicas o agua. Galindo Ferreira, que nunca consumía alcohol, pidió un whisky doble. 

Regresó a casa con su abrigo, su maletín y los plátanos sobrantes. En cuanto llegó, se preparó una cafetera y se tomó el café; le pareció el más bueno que había probado nunca. 

Mientras estaba sentado en su mesa mirando por la ventana, se dio cuenta de que ese día había salido de casa con el maletín prácticamente vacío, no llevaba más que su vieja libreta y un monedero desgastado con unos pocos centavos que ni se habían molestado en robarle. De lo que no se dio cuenta Galindo Ferreira, es de la sonrisa que se dibujaba en su rostro.

10,00

Capítol IV

Amb els relats de:

Vanesa Carcasona, Laura Domingo, Javi Fernández, Georgina Guixà, Ana Alcoba, Ester Enrich, Daniel Clemente, Maria Enrich, Francesc Vilaprinyó, Christopher Mammano, Joan Pinyol, Joel Codina, David Canto, Jesús Cerezo, Edu Iee

les il·lustracions de:

Teresa Suau, Jordi Cortés, Joana Sardà, Nil Morist, David G. Fores, Dani Ramos, Javi Remiseiro, Marc González, Sígrid Martínez, Esdras Cristóbal, Isaac Garcia, Elisa Rochel, Nina Sobrino, Gerard Freixes, Joel Codina, Marina Camprubí

i el còmic de:

Marc González

Il·lustració de coberta: Edu Iee